Un día de furia...
En el artículo anterior esbozamos brevemente a modo de introducción, un problema de identidad muy común en los evangelios y en el Nuevo Testamento en general. Diferentes nombres = diferentes personas o personajes. Una fórmula que se repite generalmente como resultado de la diversidad de historias ensambladas con poca habilidad en algunos casos y en otros (para ser honestos y no ser acusados de ateos malvados), con algún acierto. La pretendida unidad testamentaria es sólo otra falsedad evidente. Esto no es ninguna suposición. Una lectura atenta y sin condicionamientos doctrinarios, nos revela la falta de apoyo histórico en que se basa la vida de nuestro héroe: Jesús de Nazaret y sus amigotes.
Aquí, desde este humilde lugar, no se descubrirá nada nuevo seguramente, tampoco es la idea. Simplemente se busca revisar y publicar las investigaciones hechas por académicos y exegetas, muchos de ellos de prestigio que han dedicado parte de su vida a estudiar y analizar a esta secta (¿acaso se la puede llamar de otra manera?) que es el cristianismo.
Para no ofender a las almas sencillas y a los fundamentalistas, partamos de la simple base de que secta es (según la Real Academia Española) el conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica. O la doctrina religiosa o ideológica que se independiza o diferencia de otra. O también, conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa. Sin más vueltas.
A todo esto hay, un detalle que me gustaría que se tenga en cuenta. Pepe Rodríguez sostiene y acertadamente, que en una sociedad cristiana como la suya o la nuestra, no se puede estar al margen del estilo de vida que impone la Iglesia a sus clientes o cualquier persona de bien ajena a su influencia (por ejemplo el tabú por excelencia: el sexo, que se nos dice cómo, cuándo y con quién podemos ejercitarlo). Tampoco se puede escapar de las regulaciones que impone respecto al intelecto y a la moral, con la que condicionan a la sociedad en su totalidad de la forma que todos conocemos: desde la censura y prohibición de la ciencia (¿Galileo les suena?), hasta la locura y el delirio de la "Santa Inquisición" (el episodio de Salem en Massachusetts, baste para ejemplificar).
Tenemos calles con nombres de santos y de sacerdotes... y de obispos... y de cardenales... y de papas, etc... al cubo. O el patrono de cada ciudad, generalmente un santo ignoto o de antecedentes nebulosos. También nuestras fiestas más importantes son cristianas: Navidad, Año Nuevo regido por el AC-DC, Semana Santa, Día de la Virgen,... otra vez ¡etc al cubo! Nuestros nombres se condicionan también por la misma causa. Nuestra forma de pensar, aunque no lo querramos, de igual manera.
Así, de la misma forma se es ateo. Porque al rechazar semejantes proposiciones y no aceptar la escolástica cristiana en cuestión, lo somos. Al no tragarnos el cuento cristiano, nos transformamos en... ¡ateos cristianos!, ni más ni menos. Por eso puedo cuestionar con total libertad el fundamento religioso que se supone debo aceptar. Con la misma libertad que se adjudica la Iglesia y sus empleados para cuestionarme mi falta de neurosis divina.
Con todo esto no pretendo aburrir al lector, por lo que concluyo esta breve apreciación en este punto. En lo sucesivo, trataré de que el dinamismo y el humor no falten en los restantes trabajos... ¡lo juro por Papá Pitufo!

