Un día en la vida
El sábado es un día en que generalmente... estoy de mal humor. Pero eso es sólo la antesala al verdadero infierno que es el día siguiente: el domingo. Y mi mal humor se está volviendo crónico.
La rutina del sábado es prácticamente un ritual para mi. Me levanto con toda la buena disposición que ese día presupone, porque... ¡es fin de semana!. Desayuno tranquilamente con Moorcheeba o Dido de fondo, mientras abro la Ñ (la revista cultural de Clarín) y todo es armonía y placer, pero... ¡suena el timbre!. Ok, veamos quien es.
Dejo el café casi por la mitad y sé en mi interior que cuando vuelva a sentarme a la mesa... ¡estará frío!. No importa, el que insiste con el timbre como si su vida dependiera de que lo atienda, seguramente me gratificará con alguna buena noticia.
Abro la puerta y para mi sorpresa me encuentro con dos personas, sexo femenino (aparentemente), Testigos de Jehová (seguramente), mal vestidas con polleras largas y horrorosos peinados, esgrimiendo en mi cara folletos de colores y amenazándome con sus biblias para que me arrepienta. ¿De qué me tendría que arrepentir?. Luego de pensarlo les digo que si, que me arrepiento de corazón, pero de haberlas atendido y haber dejado que mi desayuno se arruinara.
Cuando cierro la puerta con una violencia algo controlada, vuelvo a mi mesa... y mi revista ya no estaba allí. Claro, me doy cuenta de que perdí mi turno para leerla cuando la dejé abandonada al lado de un desayuno moribundo.
Me visto, con un estado de ánimo algo más violento que el de hoy, y al salir a la calle, dos amigables mormones me saludan y al responderles la cortesía (por no ser grosero)... ¡me persiguen para hablarme de Jesús!, y convencerme de que el Rey de Reyes (no, no me hablaban de Elvis), no solo existió alguna vez, sino que vivió unas lindas vacaciones en América antes de desvanecerse en el Universo... Ah nooo, ya es mucho, ¡basta!.
Refugiado en una pequeña librería, con los ojos casi desorbitados, trato de descansar mi mente alterada por las patologías divinas ajenas, que invaden mi vida y mi espacio sin mi consentimiento... y presiento que lo peor no ha llegado aún. Efectivamente. Afuera el griterío no se hace esperar.
En la calle con total desparpajo, la demencia está presente. ¿Una manifestación de insatisfechos? ¿Una jauría de lobos hambrientos? ¿Una epidemia de peste negra?... si, casi casi... todo eso.
Una congregación de fieles ociosos peregrinando por las calles y llevando a cuestas una estatua bizarra y grotesca, a la cuál idolatran con sus murmullos cacofónicos. Una procesión obstruye las calles creando un caos vehicular. Luego de permanecer absorto en ese espectáculo dantesco, emprendo mi huida hacia mi confortable y segura casa. "No tendría que haber salido ni siquiera de mi cama" pienso, y por un momento me sentí un rehén de unos locos perturbados, que sueñan con un mundo alienado por sus santurrones sermones doctrinarios.
Pero esta pesadilla no termina ahí, no. Al amanecer del día domingo la calma presagia la tempestad. Luego de un desayuno en calma, como creo merecer, a lo lejos y luego no tan lejos... el fin del mundo parece comenzar... TAUNN NN TAN, TAUNN NN TAN... ¿qué mierda es eso?... Unas desafinadas campanadas infernales se hacen oír.
En fin, luego de sobreponerme ante tamaña agresión cristiana, la paz viene a la tarde, de la mano de mi hijo y mi esposa, jugando en la plaza. Y en eso escucho a una ocasional vecina de banco que me dice... ¡que hermoso fin de semana hizo!, ¿no?




Comentarios sobre Un día en la vida
Vaya, parece que los cristianitos estan en tu acecho. Una vez mas, genial la forma de expresarte. Saludos
hola mamor! como va? ja que preguntita?! no? jaja. che mamor estuvo mortal tu nota. te amo. segui asi
genial ,interesante besos me alegra ya estesde vuelta te cuidas y a tu familia