Un buen negocio cristiano
La palabra infierno es bien conocida por todos los seres humanos del mundo. Sin importar las creencias que se profesen o la falta de ellas, el infierno es bien conocido por todos. La idea de hacer un breve comentario aquí, surgió leyendo un post del blog de Enigma (www.cielomardemenudossoles.obolog.com). Gracias amiga.
Para los ateos y/o escépticos, esta cuestión se traduce generalmente, en una razonable indiferencia. Se puede decir que el infierno, sea cuál fuere, está reservado para los ingenuos o a los creyentes de cuentos de hadas. Para ellos, la creencia de un lugar de tormento y castigo se encuentra disponible en una vida ultraterrena, que los malvados pecadores no tuvieron la ocurrencia de creer en el.
Aquí considero necesario dejar en claro, que los preceptos morales exceden a los santurrones condicionamientos religiosos, ya que la Ética es una cuestión inherente a la humanidad, que actúa por principios y no por temor a los castigos divinos.
Con el tiempo y la modernidad ilustrada, el concepto de infierno mutó a cierto estado espiritualizado y el terror físico y emocionalmente palpable del tormento... se fue extinguiendo. Allí, el propietario de ese pintoresco lugar es llamado Satanás, diablo y demonio, que fue exportado de Persia por los judíos de la dispersión. La visión final, con azufre y azotes incluidos se debe al oscurantismo medieval que la iglesia se encargó de promover.
El primer concilio de Letrán impuso como dogma de fe la existencia del infierno, amenazando con la condena a prisión, el tormento y hasta la muerte a quienes lo negasen. La rentabilidad de este negocio descarado de la Iglesia católica fue muy productivo.
Aquí se llegó a sostener que existían dos tipos de penas infernales, las de daño o ausencia de la visión de Dios, y las de sentido, que eran los diferentes suplicios -en especial relacionados con el fuego- a que se hacía merecedor cada especie de pecado. No es de extrañar entonces que Benedicto XVI adhiera al pensamiento más medieval e inquisitorial del catolicismo.
El infierno -tal es su definición- es vivir en la ausencia de Dios. Donde no está Dios, allí está el infierno. Josef Ratzinger.
En el concilio de Florencia se había declarado que cualquiera que estuviese fuera de la Iglesia católica caería en el fuego eterno (¡¡¡!!!). Y con la invención del purgatorio, la Iglesia católica dio otro de sus habituales y rentables saltos teológicos sobre el vacío, construyendo un eficaz instrumento de extorsión para las miserables almas cargadas de perversos actos. Claro, estos deleznables actos, eran regulados seguramente por experiencias acaecidas en la propia Iglesia.
Hoy en día el infierno no intimida tanto, debido a su aggiornamiento estructural. Si el averno se trasladó a este mundo y está entre nosotros, el pobre Lucifer está próximo a quedarse sin empleo. La maldad es exclusivamente humana y no le echemos la culpa a un "pobre diablo".

